Odio a mi vecino.
Pero no de una manera chistosa como Homero odia a Ned.
No. Porque mi vecino es un bruto. Eso me molesta.
Y más aún es evangélico.
Cómo odio a esa sucia cofradía.
No contentos con el cristianismo más encima tienen que enrostrártelo.
Tienen que colgarse a tu oreja y cantar sus alabanzas como si fuera un dios que se queda más sordo cada día.
Porque usan megáfono. Y te cuentan sus cosas. Cosas que no quieres saber.
Y llegan a convulsionar con tal de conmoverte.
Pero eso no conmueve a nadie.Da asco. Náuseas.
Y sus miles de hijos se llaman como los más connotados personajes bíblicos.
Y tengo que aguantar esa maleducada voz.
¡Esaú! ¡Matusalém! ¡Ludovico! ¡Quéseyo!
Horrible. Terrible.
Sus ruidos, los de su auto, sus hijos, su crueldad, su maltrato a los animales,
su sonrisa, su bigote, su asquerosa panza, su terno, su megáfono,
sus cofradías, su gente, sus actos buenos, su hipocresía.
Tengo que aguantar todo.
Por eso me quejo.
Fin.

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